Consolas y videojuegos en la educación de nuestros juegos
Creando hábitos, Todas las edades, Ordenadores, Psicología
Lo segundo que comenzaremos a notar, es una agradable sensación de no tenerlos revoloteando a nuestro alrededor diciendo: “me aburro”, ni nada que se le parezca. Lo cuál puede brindarnos momentos de delicioso descanso si estamos algo sobrepasados de niños.

Y lo tercero, y más inquietante será el momento percibir que el aparato se está devorando las horas de nuestros hijos. Será ese “darnos cuenta” el que nos pondrá en la posición de tener que tomar una medida el respecto… Y entonces: ¿cómo retiramos algo que ya hemos dado con todo nuestro aval?
Y aún si fuera un regalo que otros han hecho a nuestros hijos, imagínense la cara y las escenas que deberíamos soportar si decidiéramos que nuestros hijos no están preparados para tener un artefacto así. ¡Seríamos juzgados como padres monstruosos y anticuados!
Bien, entonces si el aparato ya ha hecho el ingreso a nuestro hogar o si está haciendo todos los intentos por lograrlo, será mejor que pensemos una estrategia que nos permita posicionarnos desde otro lugar que de el de “los prohibidores”.
“Prohibir todo” es una de las formas más cómodas de resolver cualquier conflicto. Fíjense que, aunque parezca radicalmente distinto, conlleva la misma intención que la del “permitir todo”, “avalar todo”, o el nunca decir que “no”, y hasta el de dejarlos jugar hasta que se cansen solos. Se trata de posturas tan extremas que eliminan la posibilidad de la duda, de la excepción o de ponerse a pensar qué hacer.
El permitirles que hagan lo que quieran tampoco va de la mano con la función de padres, ya que por nuestro lugar en la estructura familiar debemos hacernos cargo de establecer ciertas restricciones y limitaciones a todos los excesos que nuestros hijos puedan tener.
En este sentido los videojuegos en casa, se prestan para el abuso y el exceso. Llevan a quién se acerca a querer cada vez más, haciéndose difícil rechazar una invitación tan elegante a perder el contacto con lo más real.
Como solemos estar ocupados con nuestros propios líos y desventuras, se nos hace difícil armar un plan conciliatorio para problemas que son de los pequeños y que bien podríamos resolver por la fuerza o imponiéndonos sin importar bien el modo.
Lo que podemos hacer es organizar el tiempo de los niños, lo cual es algo que ellos no pueden hacer solos de muy pequeños. Organizar, es tramar y planear en qué momento pueden hacer uso de sus videojuegos y en qué momento se tendrán que entretener mirando el techo. Se siembra un lugar para la diversidad que prometa un poco de todo. Que permita, avale y sugiera un tiempo para desconectarse y engancharse con todo a la play. Y que autorice también los momentos “sin ella”.
Se le quita dramatismo y se sale de lo totalitario cuando se puede brindar espacio a lo diferente aunque pueda no gustarnos a nosotros en lo personal y prefiriéramos que nuestros hijos se dediquen todo el día a leer y estudiar.
Y al mismo tiempo ponemos a funcionar nuestra propia tolerancia a lo diverso, convirtiéndonos en un ejemplo para nuestros hijos.
La primera sensación es la de satisfacción. Darles a nuestros hijos un regalo tan esperado como puede ser una playstation o similar, nos llena de conformidad y agradecimientos.
Lo segundo que comenzaremos a notar, es una agradable sensación de no tenerlos revoloteando a nuestro alrededor diciendo: “me aburro”, ni nada que se le parezca. Lo cuál puede brindarnos momentos de delicioso descanso si estamos algo sobrepasados de niños.

Y lo tercero, y más inquietante será el momento percibir que el aparato se está devorando las horas de nuestros hijos. Será ese “darnos cuenta” el que nos pondrá en la posición de tener que tomar una medida el respecto… Y entonces: ¿cómo retiramos algo que ya hemos dado con todo nuestro aval?
Y aún si fuera un regalo que otros han hecho a nuestros hijos, imagínense la cara y las escenas que deberíamos soportar si decidiéramos que nuestros hijos no están preparados para tener un artefacto así. ¡Seríamos juzgados como padres monstruosos y anticuados!
Bien, entonces si el aparato ya ha hecho el ingreso a nuestro hogar o si está haciendo todos los intentos por lograrlo, será mejor que pensemos una estrategia que nos permita posicionarnos desde otro lugar que de el de “los prohibidores”.
El permitirles que hagan lo que quieran tampoco va de la mano con la función de padres, ya que por nuestro lugar en la estructura familiar debemos hacernos cargo de establecer ciertas restricciones y limitaciones a todos los excesos que nuestros hijos puedan tener.
En este sentido los videojuegos en casa, se prestan para el abuso y el exceso. Llevan a quién se acerca a querer cada vez más, haciéndose difícil rechazar una invitación tan elegante a perder el contacto con lo más real.
Como solemos estar ocupados con nuestros propios líos y desventuras, se nos hace difícil armar un plan conciliatorio para problemas que son de los pequeños y que bien podríamos resolver por la fuerza o imponiéndonos sin importar bien el modo.
Lo que podemos hacer es organizar el tiempo de los niños, lo cual es algo que ellos no pueden hacer solos de muy pequeños. Organizar, es tramar y planear en qué momento pueden hacer uso de sus videojuegos y en qué momento se tendrán que entretener mirando el techo. Se siembra un lugar para la diversidad que prometa un poco de todo. Que permita, avale y sugiera un tiempo para desconectarse y engancharse con todo a la play. Y que autorice también los momentos “sin ella”.
Se le quita dramatismo y se sale de lo totalitario cuando se puede brindar espacio a lo diferente aunque pueda no gustarnos a nosotros en lo personal y prefiriéramos que nuestros hijos se dediquen todo el día a leer y estudiar.
Y al mismo tiempo ponemos a funcionar nuestra propia tolerancia a lo diverso, convirtiéndonos en un ejemplo para nuestros hijos.
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