Padres amigos de sus hijos. Una mezcla incómoda
de 6 a 11, Comprendiendo a tu hijo, Psicología, Comunicación
Empieza así el intercambio de figuritas, compartir algunos dulces,
los saltos y las risas,
los juegos, tal vez alguna rima, las niñas se juntan con las niñas para contarse sus cosas, mientras los niños compiten por algún trofeo improvisado.
Así, los pequeños se encuentran con sus semejantes.
Descubren que algunos niños son igualitos a ellos, otros casi parecidos y que los hay bastante diferentes. También que hay niños más grandes y otros más pequeños... hay niños de toda clase.
Es una etapa llena de descubrimientos donde el aprendizaje formal gana terreno y aparecen sobre el escenario compañeros y amigos.
Sabemos que nuestro pequeño ha sido un ser social desde el inicio de su vida, sin embargo, es en éste período donde la amistad y el compañerismo ganan un lugar excepcional. Tanto es así, que los niños comienzan a volcarse al mundo de sus pares y suelen pasar más desapercibidos para sus padres.
Así, nuestros hijos comienzan a formar sus propios grupos de pertenencia con otros niños con los que puedan compartir sus secretos, actividades, juegos y fantasías.
Éste pasaje del mundo familiar al mundo de los semejantes abre oportunidades únicas de desarrollo y permite a los niños desplegar sus capacidades para la socialización y la confianza en sí mismos.
Al mismo tiempo, les permite despegarse de la presencia constante de papá y mamá, que han venido siendo prácticamente figuras exclusivas, para dar lugar a otros personajes de importancia.
Se abre así la puerta para ir a jugar que les permitirá lograr cierta independencia y diferenciación de sus propios padres. Y ésto los ayudará en el camino de armado de su identidad.
Esta visión de niños más autónomos, niños con secretos, niños más independientes, niños que callan sus cosillas, niños que andan en pandillas; puede asustar a algunos padres que notan la distancia que comienza a producirse entre ellos y sus hijos.
En este punto es donde algunos de ellos suelen creer que una buena forma de facilitar la comunicación y poder enterarse de “todo” lo que le está pasando a su hijo, es comenzar a actuar como “amigos” de sus propios niños.
Así es como muchos padres se sorprenden a sí mismos intentando ubicarse en lugares que no fueron hechos a su medida.
Algunos llegan a esta postura tras darse cuenta de que no pasan mucho tiempo con sus hijos. Algo de la culpa puede llevarlos a intentar este tipo de acercamiento.
Sin importar los motivos o los modos en que lo hagan la tarea que se proponen tiene algo de paradójica. Y es que justamente la función de la amistad (entre otras) es permitirle al pequeño salir de su núcleo familiar, salir del huevo, romper el cascarón; para comenzar a conocer otras realidades y permitirle la independencia en su forma de ser.
Este intento por parecer y actuar como pares y amigos de nuestros hijos, puede inundar a los pequeños. Pierden así la posibilidad de contar con distintos tipos de referentes. Padres y amigos aparecen enmadejados y confundiéndose entre sí.
Y atención: esto no significa que no se pueda tener una relación de armonía y compañerismo entre padres e hijos, o relaciones “amigables”.
Pero debemos tener en cuenta que nuestra posición de padres es muy distinta a la del amigo.
Nuestra función está cargada de responsabilidad y nuestra posición debe ser abierta, para permitirle al pequeño acercarse a nosotros en el momento en que lo necesite.
El nuestro es un lugar que se relaciona con el cuidado, los límites y la aceptación.
Si conservamos el espacio que nos corresponde, no es de extrañar que ante cualquier problema que les pueda surgir, nuestros hijos sabrán recurrir a nosotros buscando aquello que les haga falta. Por eso no debemos preocuparnos si no somos “amigos” de nuestros hijos. Seamos padres, con eso bastará.
Nuestro pequeño comienza a ir a la escuela y este comienzo ofrece un montón de cosas nuevas para ellos. Entre ellas, la posibilidad de gritar...¡recreo!!!
Empieza así el intercambio de figuritas, compartir algunos dulces,
los saltos y las risas,
los juegos, tal vez alguna rima, las niñas se juntan con las niñas para contarse sus cosas, mientras los niños compiten por algún trofeo improvisado. Así, los pequeños se encuentran con sus semejantes.
Descubren que algunos niños son igualitos a ellos, otros casi parecidos y que los hay bastante diferentes. También que hay niños más grandes y otros más pequeños... hay niños de toda clase.
Es una etapa llena de descubrimientos donde el aprendizaje formal gana terreno y aparecen sobre el escenario compañeros y amigos.
Sabemos que nuestro pequeño ha sido un ser social desde el inicio de su vida, sin embargo, es en éste período donde la amistad y el compañerismo ganan un lugar excepcional. Tanto es así, que los niños comienzan a volcarse al mundo de sus pares y suelen pasar más desapercibidos para sus padres.
Así, nuestros hijos comienzan a formar sus propios grupos de pertenencia con otros niños con los que puedan compartir sus secretos, actividades, juegos y fantasías.
Éste pasaje del mundo familiar al mundo de los semejantes abre oportunidades únicas de desarrollo y permite a los niños desplegar sus capacidades para la socialización y la confianza en sí mismos.
Al mismo tiempo, les permite despegarse de la presencia constante de papá y mamá, que han venido siendo prácticamente figuras exclusivas, para dar lugar a otros personajes de importancia.
Se abre así la puerta para ir a jugar que les permitirá lograr cierta independencia y diferenciación de sus propios padres. Y ésto los ayudará en el camino de armado de su identidad.
Esta visión de niños más autónomos, niños con secretos, niños más independientes, niños que callan sus cosillas, niños que andan en pandillas; puede asustar a algunos padres que notan la distancia que comienza a producirse entre ellos y sus hijos.
En este punto es donde algunos de ellos suelen creer que una buena forma de facilitar la comunicación y poder enterarse de “todo” lo que le está pasando a su hijo, es comenzar a actuar como “amigos” de sus propios niños.
Así es como muchos padres se sorprenden a sí mismos intentando ubicarse en lugares que no fueron hechos a su medida.
Algunos llegan a esta postura tras darse cuenta de que no pasan mucho tiempo con sus hijos. Algo de la culpa puede llevarlos a intentar este tipo de acercamiento.
Sin importar los motivos o los modos en que lo hagan la tarea que se proponen tiene algo de paradójica. Y es que justamente la función de la amistad (entre otras) es permitirle al pequeño salir de su núcleo familiar, salir del huevo, romper el cascarón; para comenzar a conocer otras realidades y permitirle la independencia en su forma de ser.
Este intento por parecer y actuar como pares y amigos de nuestros hijos, puede inundar a los pequeños. Pierden así la posibilidad de contar con distintos tipos de referentes. Padres y amigos aparecen enmadejados y confundiéndose entre sí.
Y atención: esto no significa que no se pueda tener una relación de armonía y compañerismo entre padres e hijos, o relaciones “amigables”.
Pero debemos tener en cuenta que nuestra posición de padres es muy distinta a la del amigo.
Nuestra función está cargada de responsabilidad y nuestra posición debe ser abierta, para permitirle al pequeño acercarse a nosotros en el momento en que lo necesite.
El nuestro es un lugar que se relaciona con el cuidado, los límites y la aceptación.
Si conservamos el espacio que nos corresponde, no es de extrañar que ante cualquier problema que les pueda surgir, nuestros hijos sabrán recurrir a nosotros buscando aquello que les haga falta. Por eso no debemos preocuparnos si no somos “amigos” de nuestros hijos. Seamos padres, con eso bastará.
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