Madres apegadas pero sin pegotearse
Psicología, Comprendiendo a tu hijo, de 0 a 5
Desde el primer momento madre e hijo se encuentran
ligados de un modo
extraordinario. La unión, desde el útero,
dificulta distinguir a uno del otro, (por lo menos para quién mira desde afuera).
Medios mezclados, ambos se acompañan durante nueve meses en una interrelación distinta a cualquier otra que conozcamos. Donde el cuerpo todo y completo de uno se halla envuelto y envestido en el cuerpo del otro. Así trascurre el embarazo y pasado el tiempo esperable, el niño nace a un mundo que le es ajeno.
Perplejo y desorganizado, más le vale que encuentre quién lo acompañe en su salida de la bolsa y su llegada a un espacio-tiempo diferentes. Después del nacimiento su desorden es completo.
Pronto se comprende que cualquier cachorro humano, necesita a su lado, y casi fundiéndose con él, otro que lo sostenga, lo acompañe y lo haga consistir en el mundo al que ha advenido. Requiere que se le brinde una asistencia completa. Alguien dispuesto a contenerlo cada vez y en cada sensación nueva. Madre e hijo ya no están unidos por el cuerpo después del nacimiento, pero el deseo de la madre deberá tomar al niño en un abrazo que forme un TODO con el bebé. Donde la mamá es todo para su hijo, y el hijo todo para su madre. Así se responde al desvalimiento inicial de cualquier bebé de meses.
Al bebé lo interno y lo externo se le confunden. No distingue bien qué viene de afuera (del mundo, de los otros) y qué proviene desde su interior (sensaciones). Así se enmadeja en un círculo del que su madre llega para rescatarlo.
Es ella quién le sede sus ritmos, sus tiempos, sus palabras, sus intenciones, sus acciones; poniéndolas a disposición del bebé. El llora y la madre interpreta desde sí misma: “tiene hambre”. Llora media hora más tarde, y le atribuye: “tiene frío”. Así, comienza a abrazar al bebé en palabras y sentidos que empiezan a organizar la información y los estímulos al niño.
Si se percibe desde afuera, las madres con sus recién nacidos parecerían estar sincronizadas. Madres entendiendo los mensajes de los bebés como ninguna otra persona podría entender.
Tras los primeros meses de cuasi-fusión que se entreteje entre bebé y mamá, vienen tiempos de respiros. O de angustias: La Separación.
La angustia se presenta en el niño, y también en su madre. Ésta última debe comenzar a dar lugar y espacio al bebé, debe comenzar su retirada gradual. Comienza a dejar al niño en otras manos para ocuparse de otras cosas.
Este es el precedente de las relaciones pegoteadas. Y lo que puede llegar a servirnos para comprenderlas.
El pegoteo inicial del recién nacido y la madre, debe ir cediendo, conforme a los ritmos de los intervinientes. El proceso requiere que esa célula que han formado y que antes era un TODO, pueda ir aflojándose para dar lugar a la entrada de otras cosas distintas y para que de UNO ( madre-bebé) se hagan DOS (madre y bebé).
¡Esto es misión y tarea para todas las madres del mundo! Y se relaciona con aceptar al hijo como un ser separado de sí misma y no intentar moldearlo como si fuera su producto o una propiedad, venciendo la angustia por separarse de aquél con el que se ha compartido de un modo tan intenso.
A algunas madres les cuesta mucho no estar todo el tiempo encima de sus hijos. Así se puede entorpecer el crecimiento de los pequeños. Pero ¿De donde viene tal pegoteo?
Desde el primer momento madre e hijo se encuentran
ligados de un modo
extraordinario. La unión, desde el útero, dificulta distinguir a uno del otro, (por lo menos para quién mira desde afuera).
Medios mezclados, ambos se acompañan durante nueve meses en una interrelación distinta a cualquier otra que conozcamos. Donde el cuerpo todo y completo de uno se halla envuelto y envestido en el cuerpo del otro. Así trascurre el embarazo y pasado el tiempo esperable, el niño nace a un mundo que le es ajeno.
Perplejo y desorganizado, más le vale que encuentre quién lo acompañe en su salida de la bolsa y su llegada a un espacio-tiempo diferentes. Después del nacimiento su desorden es completo.
Pronto se comprende que cualquier cachorro humano, necesita a su lado, y casi fundiéndose con él, otro que lo sostenga, lo acompañe y lo haga consistir en el mundo al que ha advenido. Requiere que se le brinde una asistencia completa. Alguien dispuesto a contenerlo cada vez y en cada sensación nueva. Madre e hijo ya no están unidos por el cuerpo después del nacimiento, pero el deseo de la madre deberá tomar al niño en un abrazo que forme un TODO con el bebé. Donde la mamá es todo para su hijo, y el hijo todo para su madre. Así se responde al desvalimiento inicial de cualquier bebé de meses.
Al bebé lo interno y lo externo se le confunden. No distingue bien qué viene de afuera (del mundo, de los otros) y qué proviene desde su interior (sensaciones). Así se enmadeja en un círculo del que su madre llega para rescatarlo.
Es ella quién le sede sus ritmos, sus tiempos, sus palabras, sus intenciones, sus acciones; poniéndolas a disposición del bebé. El llora y la madre interpreta desde sí misma: “tiene hambre”. Llora media hora más tarde, y le atribuye: “tiene frío”. Así, comienza a abrazar al bebé en palabras y sentidos que empiezan a organizar la información y los estímulos al niño.
Si se percibe desde afuera, las madres con sus recién nacidos parecerían estar sincronizadas. Madres entendiendo los mensajes de los bebés como ninguna otra persona podría entender.
Tras los primeros meses de cuasi-fusión que se entreteje entre bebé y mamá, vienen tiempos de respiros. O de angustias: La Separación.
La angustia se presenta en el niño, y también en su madre. Ésta última debe comenzar a dar lugar y espacio al bebé, debe comenzar su retirada gradual. Comienza a dejar al niño en otras manos para ocuparse de otras cosas.
Este es el precedente de las relaciones pegoteadas. Y lo que puede llegar a servirnos para comprenderlas.
El pegoteo inicial del recién nacido y la madre, debe ir cediendo, conforme a los ritmos de los intervinientes. El proceso requiere que esa célula que han formado y que antes era un TODO, pueda ir aflojándose para dar lugar a la entrada de otras cosas distintas y para que de UNO ( madre-bebé) se hagan DOS (madre y bebé).
¡Esto es misión y tarea para todas las madres del mundo! Y se relaciona con aceptar al hijo como un ser separado de sí misma y no intentar moldearlo como si fuera su producto o una propiedad, venciendo la angustia por separarse de aquél con el que se ha compartido de un modo tan intenso.
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