Niños enfermos, padres atentos
Psicología, Todas las edades, Comprendiendo a tu hijo
Cuando nuestros hijos caen enfermos nuestros impulsos
y angustias nos llevan a buscar
rápidamente las artillerías apropiadas para combatir a los invasores. Así, solemos llamar al médico para que él nos indique cuáles son las municiones pesadas que combatirán hasta el extremo a los “agentes” causantes del problema de salud. Eso está muy bien.
Sin embargo cuando el problema pasa nos olvidamos de él y tendemos a simular un “aquí no ha pasado nada” y continuamos con la rutina. Y así, desaprovechamos una maravillosa oportunidad de ir más allá y solucionar el problema de raíz. Los invito a pensar un poco más sobre enfermedades, a asomarnos (sin caernos), en el mundo de las enfermedades físicas.
Cuando los causantes externos de las enfermedades (bacterias, virus, etc.) están o han sido combatidos y sobreviene mayor calma, es un buen momento para indagar un poco más sobre el asunto. Es un buen momento para hacernos algunas preguntas. La enfermedad siempre trae consigo un “detente”, ya que nos saca de nuestras actividades diarias (a los niños y a nosotros) y nos hace entrar en otra lógica y otro modo de valorar los hechos de la vida. No hagamos oídos sordos y hagamos ese parate obligatorio en el camino.
Algunas preguntas para reflexionar podrían ser: ¿Por qué la enfermedad ahora?, ¿Por qué de éste modo?, ¿Por qué la infección fue posible en éste niño en particular y no en otros?
En el caso de los niños, el cuerpo tiene la facultad de enfermarse o “sacrificarse” para dar solución a problemas que no encuentran otra forma de encausarse hasta una resolución. Hablamos de conflictos que probablemente no puedan verse con los ojos. Por eso es que hay que despertar otro tipo de atención.
¿Qué tipo de problemas pueden ser? Conflictos con el ambiente que lo rodea, con los otros, consigo mismo… conflictos que abruman al niño ya sea por exigencias desmesuradas, o porque no encuentra el necesario sustento de cariño, o le asusta el abandono, o miles de posibilidades… Podríamos dibujar a la enfermedad corporal como un refugio en medio de tempestades internas.
Lo que quiero que alcancen con todo esto, es a tomar el asunto con una mirada más amplia que la de atribuir el motivo a un agente externo y a creer que lavándonos las manos solucionamos algo.
La clave está en comprender que la enfermedad del niño, al igual que la de los adultos, no carece de sentido, de fundamento.
En aquellos momentos en que los niños están enfermos, tenemos que hacernos cargo de ellos con un especial amor y una disposición a ver mas allá del hecho concreto. Cuidándolos físicamente y correspondiéndolos también psíquicamente. Tal vez, otorgándoles o prestándoles palabras para que describan o cuenten aquello que les está pasando.
La enfermedad nos da una buena ocasión de enterarnos qué es lo que los está oprimiendo, qué no están entendiendo, qué los mantienen preocupados, en definitiva… de qué deben curarse.
No permitamos que el niño saque ventajas o manipule con la enfermedad, pero abramos un camino a explorar qué no está funcionando bien; y llevémoslo de la mano hacia la salida. Así, permitiremos que de cada enfermedad salga algo nuevo, creador, y superador de las dificultades, en lugar de quedarnos sólo con un prospecto medicinal.
Es hora de empezar a poner atención a las gripes y enfermedades físicas de nuestros hijos, tal vez tras ellas encontremos algo por aprender.
Cuando nuestros hijos caen enfermos nuestros impulsos
y angustias nos llevan a buscar
rápidamente las artillerías apropiadas para combatir a los invasores. Así, solemos llamar al médico para que él nos indique cuáles son las municiones pesadas que combatirán hasta el extremo a los “agentes” causantes del problema de salud. Eso está muy bien. Sin embargo cuando el problema pasa nos olvidamos de él y tendemos a simular un “aquí no ha pasado nada” y continuamos con la rutina. Y así, desaprovechamos una maravillosa oportunidad de ir más allá y solucionar el problema de raíz. Los invito a pensar un poco más sobre enfermedades, a asomarnos (sin caernos), en el mundo de las enfermedades físicas.
Cuando los causantes externos de las enfermedades (bacterias, virus, etc.) están o han sido combatidos y sobreviene mayor calma, es un buen momento para indagar un poco más sobre el asunto. Es un buen momento para hacernos algunas preguntas. La enfermedad siempre trae consigo un “detente”, ya que nos saca de nuestras actividades diarias (a los niños y a nosotros) y nos hace entrar en otra lógica y otro modo de valorar los hechos de la vida. No hagamos oídos sordos y hagamos ese parate obligatorio en el camino.
Algunas preguntas para reflexionar podrían ser: ¿Por qué la enfermedad ahora?, ¿Por qué de éste modo?, ¿Por qué la infección fue posible en éste niño en particular y no en otros?
En el caso de los niños, el cuerpo tiene la facultad de enfermarse o “sacrificarse” para dar solución a problemas que no encuentran otra forma de encausarse hasta una resolución. Hablamos de conflictos que probablemente no puedan verse con los ojos. Por eso es que hay que despertar otro tipo de atención.
¿Qué tipo de problemas pueden ser? Conflictos con el ambiente que lo rodea, con los otros, consigo mismo… conflictos que abruman al niño ya sea por exigencias desmesuradas, o porque no encuentra el necesario sustento de cariño, o le asusta el abandono, o miles de posibilidades… Podríamos dibujar a la enfermedad corporal como un refugio en medio de tempestades internas.
Lo que quiero que alcancen con todo esto, es a tomar el asunto con una mirada más amplia que la de atribuir el motivo a un agente externo y a creer que lavándonos las manos solucionamos algo.
La clave está en comprender que la enfermedad del niño, al igual que la de los adultos, no carece de sentido, de fundamento.
En aquellos momentos en que los niños están enfermos, tenemos que hacernos cargo de ellos con un especial amor y una disposición a ver mas allá del hecho concreto. Cuidándolos físicamente y correspondiéndolos también psíquicamente. Tal vez, otorgándoles o prestándoles palabras para que describan o cuenten aquello que les está pasando.
La enfermedad nos da una buena ocasión de enterarnos qué es lo que los está oprimiendo, qué no están entendiendo, qué los mantienen preocupados, en definitiva… de qué deben curarse.
No permitamos que el niño saque ventajas o manipule con la enfermedad, pero abramos un camino a explorar qué no está funcionando bien; y llevémoslo de la mano hacia la salida. Así, permitiremos que de cada enfermedad salga algo nuevo, creador, y superador de las dificultades, en lugar de quedarnos sólo con un prospecto medicinal.
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