YoCrezco.com


lunes, 24 noviembre 2008

Castigos que no sirven de nada

, ,

Estaba intentando comprarme un par de zapatos cuando me crucé con una situación que me sonó familiar familiar y me pareció buena idea hacer llegar un ejemplo

La zapatería estaba rebosante de gente ansiosa por consumir, 
pero los personajes de esta historia fueron dos: madre e hijo. 
Madre queriendo probarse una docena de zapatos, hijo corriendo entre cajas vacías y zapatos amontonados, jugando a un juego de robots. Preguntaba a cada rato a su madre: -¿mami, tu conoces a los robots?

La madre mostraba un gesto de desesperación: por los zapatos y por el niño que se movía inquieto entre la gente. Y allí fue cuando comenzó con sus intentos, dignos de un superhéroe con espada láser, para detener a la criatura. Empezó gritando algo que sonaba así:- ¡Basta!, ¡Deja eso!

La palabra y la intención de la madre parecían ser un código indescifrable para el niño, quién seguía insistiendo con la pregunta, el juego y los saltos.

La escena continuó más enérgica cuando a los infecundos gritos de la madre le siguieron: amenazas, agarrada de brazo, sacudida, tirón de pelo y bofetón.

El niño lloriqueaba un rato y al tiempo volvía a hacer aquello que tanto molestaba a su madre.

La situación estaba incomodando a los espectadores (vendedoras y clientes). No tanto por el niño, sino por lo que entre madre e hijo estaban recreando allí. Y ahí fue cuando la mujer comenzó a buscar algo en su bolso, casi con desesperación. Parecía traer la clave para calmar al niño (y a ella) en él. Pero no.

Sacó de su bolso un dulce y se lo entregó al niño, diciendo: -come y pórtate bien. El resultado fueron tres minutos de calma entre ambos, para reiniciarse el caos luego del aperitivo.

La escena terminó cuando abandonaron el local. La madre se fue sin sus zapatos y el niño al cruzar la puerta seguía hablando sobre un tema más que importante para él: los robots.

Las imágenes y las secuencias me parecieron familiares, porque podríamos vernos reflejados en ellas con facilidad, sobre todo cuando perdemos la paciencia.

Ante la desesperación por poner fin a lo que nos molesta es frecuente encontrar métodos que no llegan a ningún resultado más que el de producir una descarga contra el niño por nuestra impotencia o frustración. (En el ejemplo: la frustración de la madre por no poder comprar en paz su par de zapatos, termina descargándose con las agresiones al niño).

Si nos preguntamos ¿qué aprendió el niño de todo esto? Nada. Básicamente porque no entendió nada, más que reconocer en la zapatería un lugar detestable.

¿Hubo aquí alguna interiorización de límites por parte del niño? No.

¿Hubo castigos? Sí, físicos sobre todo.

¿Cuál fue el mensaje que se le envío? “Basta”.

En cierta forma la fascinación del niño por los robots es equiparable a la de la madre por los zapatos, y ninguna de ellas está mal en sí misma. Pero imaginen que alguien estuviera repitiéndole a la madre “Basta”. No hubiera ella preguntado sorprendida:- ¿¿Basta de qué??, ¿¿Y por qué debo detenerme en esto que me gusta tanto?? Eso mismo le pasa al niño, cuando recibe las palabras repetitivas y desesperadas de su madre. Pero como no es un adulto, manifiesta como puede la contradicción y el no entendimiento.

Alguien debería darnos un buen motivo para que no continuemos haciendo lo que tanto nos gusta (para la mujer: comprar zapatos; para el niño: jugar a los robots.)

Difícil que el niño comprenda qué está haciendo mal. Así que probablemente lo repita en otras circunstancias, dos cuadras más allá o tres locales más acá.

Esto nos muestra como es común enviar a los niños mensajes que pueden resultarles encriptados y confusos. Si sólo podemos repetir una misma palabra tres mil veces, no esperemos que el niño pueda hacer con ella mucho más que demostrarnos (¡¡tres mil veces!!) que no está entendiendo nada.

Para que un niño actúe conforme a la situación se requerirán más palabras y menos enojo por parte de los padres. Más paciencia y más consenso entre las partes (padres e hijos). Más claridad y menos violencia.







Libro para adolescentes: Atrévete a ser diferente de Fred Hartley
Libro para adolescentes: Atrévete a ser diferente de Fred Hartley
Durante toda la vida es difícil atreverse a ser uno mismo, pero particularmente en la adolescencia, cuando buscamos aceptación fuera del nucleo familiar y el rechazo puede llegar a ser una pesadilla.

Padres que aprendan a hablar
Padres que aprendan a hablar
Hay palabras capaces de todo. Algunas se ofrecen dispuestas a construir y otras están listas para demoler. Encontremos aquellas maneras edificantes y enriquecedoras de hablar a los niños.

Ayudar a que nuestro hijo duerma como un angelito
Ayudar a que nuestro hijo duerma como un angelito
Muchos niños encuentran dificulatades en eso de dormir felices en sus camitas. En qué podemos ayudarlos y en qué podemos atenuar las dificultades a la hora del sueño.

Como ayudar a nuestros hijos a dormir
Como ayudar a nuestros hijos a dormir
¿Qué hacer cuando nuestros hijos no son capaces de conciliar el sueño?


<  Portada