Comunicación con tu hijo en la infancia: ¿cómo hablas con él?
de 6 a 11, Creando hábitos, Psicología, Comunicación
“Pero que niño tan molesto”, “Eres un mentiroso”,
“siempre el mismo haragán”,
“qué desordenada eres”,
“¿Por qué saliste tan gritona?”, “¿Por qué no eres como tu hermano?”, “mi hijo siempre fue muy desobediente”, “deja de ser tan distraído”... y más.
He aquí un montón de frases. Les propongo hacer un juego con ellas.
Para eso echen un vistazo a aquellas que siguen a continuación.
“Me molesta que arrojes la comida”, “no estás diciendo la verdad”, “me enoja que dejes tus juguetes tirados y sin ordenar”, “no me agrada que grites”, “No tolero ese comportamiento”; entre otras.
En los dos grupos encontrarán oraciones comunes y habituales. Tal vez se reconozcan en algunas de ellas cuando hablan o se dirigen a sus hijos.
Sin embargo, cada uno de los conjuntos tiene una particularidad que los hace diferentes. ¿Se animan a descubrir cuál es la diferencia entre el primer grupo de frases y el segundo?
Es interesante que puedan tomar un breve tiempo para realizar este ejercicio, porque si captan claramente la diferencia entre ambos estarán a un paso de resolver un problema común en la crianza de los niños.
Bien, si lo han intentado y no encuentran lo que hace a uno diferente del otro, aquí va una nueva pregunta que los oriente un poco más: ¿podrían reconocer cuál es el grupo de frases que se dirige a la persona del niño y cuál es el grupo que se enfoca a desaprobar las conductas del niño?
Espero hayan podido encontrar la diferencia ahora. Se trata, en las primeras oraciones, de críticas arrojadas contra la persona; contra el ser del niño.
El desagrado se hace comunicar, y va dirigido directamente y sin escalas al pequeño: él es el molesto y no lo que está haciendo.
No hay escudos cerca, y con pocas armas a su alcance, los niños recibirán tamaña artillería sin otra cosa por hacer que tomar las imágenes de sí que les son adjudicadas.
Son los receptores de palabras que aportan descripciones sobre ellos mismos, que les muestran como en un espejo, cómo son para los demás… palabras demoledoras del amor propio, más que constructoras de una autoestima fuerte.
De algún modo para el niño, queda ligado y comprometido su ser y su valor a sus conductas.
Es decir, el niño realiza una acción incorrecta o desaprobada y por ello el desagrado recae sobre él.
En lugar de orientarlo para que cambie su comportamiento, lo estancamos en una definición cristalizada de sí mismo difícil de modificar.
Creerá, dados los mensajes que recibe, que él es lo que hace. Y esa creencia contiene una trampa.
Los niños necesitan poder armar una imagen de sí llena de valor y de sentimientos de aceptación. Requieren comprender que se los aprecia y estima independientemente de lo que hagan. Se los ama por lo que son y no por lo que hacen.
De eso se trata una autoestima firme y segura, que les aporte amor propio, sin que ello dependa de su accionar.
En el segundo grupo de frases lo que se observa es algo completamente diferente, es otro modo de marcar los límites y de enunciar la desaprobación.
Las frases no se dirigen a la persona del niño, no lo describen, sino que apuntan directamente a sus acciones. Él no es el incorrecto, son sus actos. Sutil diferencia, pero de esas que valen la pena tener en cuenta.
En las primeras frases hay algo que apunta a los niños directamente y que puede ser demasiado duro. Es una especie de juicio sobre su persona.
En el segundo caso, las críticas recaen sobre acciones y esto abre la puerta a un camino más flexible. Es que cualquier niño puede entonces modificar sus acciones si por ello no será enjuiciado. No estamos haciendo comentarios sobre su ser, sino que aportamos la brújula para que se guíe en el camino de cómo se debe actuar. Sin poner en juicio su valor como persona.
Esto crea personalidades más libres y sanas, y construye no demuele. Abre caminos y posibilidades, en lugar de cerrarlos.
Hay palabras capaces de todo. Algunas se ofrecen dispuestas a construir y otras están listas para demoler. Encontremos aquellas maneras edificantes y enriquecedoras de hablar a los niños.
“Pero que niño tan molesto”, “Eres un mentiroso”,
“siempre el mismo haragán”,
“qué desordenada eres”, “¿Por qué saliste tan gritona?”, “¿Por qué no eres como tu hermano?”, “mi hijo siempre fue muy desobediente”, “deja de ser tan distraído”... y más.
He aquí un montón de frases. Les propongo hacer un juego con ellas.
Para eso echen un vistazo a aquellas que siguen a continuación.
“Me molesta que arrojes la comida”, “no estás diciendo la verdad”, “me enoja que dejes tus juguetes tirados y sin ordenar”, “no me agrada que grites”, “No tolero ese comportamiento”; entre otras.
En los dos grupos encontrarán oraciones comunes y habituales. Tal vez se reconozcan en algunas de ellas cuando hablan o se dirigen a sus hijos.
Sin embargo, cada uno de los conjuntos tiene una particularidad que los hace diferentes. ¿Se animan a descubrir cuál es la diferencia entre el primer grupo de frases y el segundo?
Es interesante que puedan tomar un breve tiempo para realizar este ejercicio, porque si captan claramente la diferencia entre ambos estarán a un paso de resolver un problema común en la crianza de los niños.
Bien, si lo han intentado y no encuentran lo que hace a uno diferente del otro, aquí va una nueva pregunta que los oriente un poco más: ¿podrían reconocer cuál es el grupo de frases que se dirige a la persona del niño y cuál es el grupo que se enfoca a desaprobar las conductas del niño?
Espero hayan podido encontrar la diferencia ahora. Se trata, en las primeras oraciones, de críticas arrojadas contra la persona; contra el ser del niño.
El desagrado se hace comunicar, y va dirigido directamente y sin escalas al pequeño: él es el molesto y no lo que está haciendo.
No hay escudos cerca, y con pocas armas a su alcance, los niños recibirán tamaña artillería sin otra cosa por hacer que tomar las imágenes de sí que les son adjudicadas.
Son los receptores de palabras que aportan descripciones sobre ellos mismos, que les muestran como en un espejo, cómo son para los demás… palabras demoledoras del amor propio, más que constructoras de una autoestima fuerte.
De algún modo para el niño, queda ligado y comprometido su ser y su valor a sus conductas.
Es decir, el niño realiza una acción incorrecta o desaprobada y por ello el desagrado recae sobre él.
En lugar de orientarlo para que cambie su comportamiento, lo estancamos en una definición cristalizada de sí mismo difícil de modificar.
Creerá, dados los mensajes que recibe, que él es lo que hace. Y esa creencia contiene una trampa.
Los niños necesitan poder armar una imagen de sí llena de valor y de sentimientos de aceptación. Requieren comprender que se los aprecia y estima independientemente de lo que hagan. Se los ama por lo que son y no por lo que hacen.
De eso se trata una autoestima firme y segura, que les aporte amor propio, sin que ello dependa de su accionar.
En el segundo grupo de frases lo que se observa es algo completamente diferente, es otro modo de marcar los límites y de enunciar la desaprobación.
Las frases no se dirigen a la persona del niño, no lo describen, sino que apuntan directamente a sus acciones. Él no es el incorrecto, son sus actos. Sutil diferencia, pero de esas que valen la pena tener en cuenta.
En las primeras frases hay algo que apunta a los niños directamente y que puede ser demasiado duro. Es una especie de juicio sobre su persona.
En el segundo caso, las críticas recaen sobre acciones y esto abre la puerta a un camino más flexible. Es que cualquier niño puede entonces modificar sus acciones si por ello no será enjuiciado. No estamos haciendo comentarios sobre su ser, sino que aportamos la brújula para que se guíe en el camino de cómo se debe actuar. Sin poner en juicio su valor como persona.
Esto crea personalidades más libres y sanas, y construye no demuele. Abre caminos y posibilidades, en lugar de cerrarlos.
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