Ira y agresividad en los niños
de 6 a 11, Comprendiendo a tu hijo, Agresividad, Psicología
Y más dificil aún, estar calmos y centrados cuando ese niño llega a insultar a todos y todo lo que lo rodea, o cuando comienza a mostrar conductas agresivas para con los demás, incluidos nosotros mismos: sus padres.
Si a la ira desatada de cualquier persona se nos ocurriera sumar la ira descontrolada de cualquier otra persona, el resultado que obtendríamos sería difícil de precisar pero seguramente se obtendría una resultante explosiva.
Eso mismo ocurre si a la ira de cualquier niño le agregamos la ira o descontrol de sus padres. La reacción en cadena podría terminar en una escena escandalosa o con alguna bofetada.
La ira es un recurso con el que cuenta toda la especie humana. Pero es un tipo de respuesta precaria ante frustraciones, miedos, celos o sentimientos de injusticia.
Es así una de las primeras formas que encuentran los niños de explotar y mostrar que algo o alguien está frustrándolos.
Pasado el período de los berrinches o pataleos, (aproximadamente hasta los 4 años), los niños se encuentran más armados contra todo lo que se ofrezca amenazante y ya no llorarán por comida, o por satisfacer sus necesidades básicas como cuando eran más pequeños. De todos modos, la posibilidad de experimentar ira y manifestarla es una constante que puede aparecer en cualquier ser humano a cualquier edad.
Bien, dada su presencia histórica en los registros de la humanidad, no podemos intentar negarla o suprimirla. La solución ante una emoción tan intensa y descarrilada, podría andar por otros caminos…
En materia de soluciones psicológicas no hay nada que resulte al modo de fórmula mágica, ni muchas posibilidades de asegurar resultados anticipados.
Por eso, a veces probar nuevos modos de intervenir y actuar ante situaciones cotidianas podría mostrarnos la clave de cómo es mejor manejarnos con cada uno de nuestros hijos.
Sobre esto, lo que proponemos es: si cada vez que el niño hace algo que no nos agrada reaccionamos de la misma manera y no obtenemos buenos resultados, será momento de probar otras formas, nuevas, de conducirnos ante ellos a ver qué resultados obtenemos.
De ahí que hagamos el intento por dejar de sumar a la ira de los niños, la ira de los grandes.
Una de las formas que puede acercarlos a mejores resultados, ante niños envueltos en un ataque de furia, es facilitarles la expresión de aquello que les anda pasando. En lugar de suprimir la ira, es como abrirle una puertita para que salga despacio…
Requiere esto que pongamos atención a aquello que pudo ser el causante de la ira y el descontrol en el pequeño, y comencemos a ponerle palabras a aquello que le anda sucediendo. Pocas palabras. Luego, esperar.
Observen por unos instantes qué reacción toma el niño ante ellas. ¿Asiente?, ¿se pone más furioso?, ¿comienza a hablar él?
Lo importante es mostrarle que no está solo y que su enojo no nos descontrola a nosotros, ni nos genera rechazo. Y al mismo tiempo enseñarle que no puede manipularnos con ese tipo de reacciones.
Así, la forma de actuar sería prestándole palabras para aquello que le está siendo difícil expresar o que no está llegando a comprender bien.
“Te ha enojado que apague la televisión.”
“Preferirías seguir jugando y te entristece tener que irte a dormir.”
“No tienes ninguna gana de hacer tus tareas hoy,” etc.
Lo que ofrecemos es una vía a la descarga distinta, que le permita al niño encontrar las palabras a aquello que le está pasando.
Cambiaríamos así radicalmente el paradigma: dejaríamos de intentar suprimir o anular el enojo desatado, y propondríamos liberarlo, sacarlo fuera, permitir que se manifieste con todo lo que tiene de verdadero y real para ese niño en ese momento.
No olvidemos que la ira como toda emoción, tiende a pasar y olvidarse, y que de su paso es mejor obtener un aprendizaje que una bofetada.
La ira es una de esas emociones que nos llaman a reaccionar rápidamente. Es difícil permanecer tranquilo ante un niño pataleando, gritando o llorando sin consuelo.
Y más dificil aún, estar calmos y centrados cuando ese niño llega a insultar a todos y todo lo que lo rodea, o cuando comienza a mostrar conductas agresivas para con los demás, incluidos nosotros mismos: sus padres.Si a la ira desatada de cualquier persona se nos ocurriera sumar la ira descontrolada de cualquier otra persona, el resultado que obtendríamos sería difícil de precisar pero seguramente se obtendría una resultante explosiva.
Eso mismo ocurre si a la ira de cualquier niño le agregamos la ira o descontrol de sus padres. La reacción en cadena podría terminar en una escena escandalosa o con alguna bofetada.
La ira es un recurso con el que cuenta toda la especie humana. Pero es un tipo de respuesta precaria ante frustraciones, miedos, celos o sentimientos de injusticia.
Es así una de las primeras formas que encuentran los niños de explotar y mostrar que algo o alguien está frustrándolos.
Pasado el período de los berrinches o pataleos, (aproximadamente hasta los 4 años), los niños se encuentran más armados contra todo lo que se ofrezca amenazante y ya no llorarán por comida, o por satisfacer sus necesidades básicas como cuando eran más pequeños. De todos modos, la posibilidad de experimentar ira y manifestarla es una constante que puede aparecer en cualquier ser humano a cualquier edad.
Bien, dada su presencia histórica en los registros de la humanidad, no podemos intentar negarla o suprimirla. La solución ante una emoción tan intensa y descarrilada, podría andar por otros caminos…
En materia de soluciones psicológicas no hay nada que resulte al modo de fórmula mágica, ni muchas posibilidades de asegurar resultados anticipados.
Por eso, a veces probar nuevos modos de intervenir y actuar ante situaciones cotidianas podría mostrarnos la clave de cómo es mejor manejarnos con cada uno de nuestros hijos.
Sobre esto, lo que proponemos es: si cada vez que el niño hace algo que no nos agrada reaccionamos de la misma manera y no obtenemos buenos resultados, será momento de probar otras formas, nuevas, de conducirnos ante ellos a ver qué resultados obtenemos.
De ahí que hagamos el intento por dejar de sumar a la ira de los niños, la ira de los grandes.
Una de las formas que puede acercarlos a mejores resultados, ante niños envueltos en un ataque de furia, es facilitarles la expresión de aquello que les anda pasando. En lugar de suprimir la ira, es como abrirle una puertita para que salga despacio…
Requiere esto que pongamos atención a aquello que pudo ser el causante de la ira y el descontrol en el pequeño, y comencemos a ponerle palabras a aquello que le anda sucediendo. Pocas palabras. Luego, esperar.
Observen por unos instantes qué reacción toma el niño ante ellas. ¿Asiente?, ¿se pone más furioso?, ¿comienza a hablar él?
Lo importante es mostrarle que no está solo y que su enojo no nos descontrola a nosotros, ni nos genera rechazo. Y al mismo tiempo enseñarle que no puede manipularnos con ese tipo de reacciones.
Así, la forma de actuar sería prestándole palabras para aquello que le está siendo difícil expresar o que no está llegando a comprender bien.
“Te ha enojado que apague la televisión.”
“Preferirías seguir jugando y te entristece tener que irte a dormir.”
“No tienes ninguna gana de hacer tus tareas hoy,” etc.
Lo que ofrecemos es una vía a la descarga distinta, que le permita al niño encontrar las palabras a aquello que le está pasando.
Cambiaríamos así radicalmente el paradigma: dejaríamos de intentar suprimir o anular el enojo desatado, y propondríamos liberarlo, sacarlo fuera, permitir que se manifieste con todo lo que tiene de verdadero y real para ese niño en ese momento.
No olvidemos que la ira como toda emoción, tiende a pasar y olvidarse, y que de su paso es mejor obtener un aprendizaje que una bofetada.
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