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lunes, 11 enero 2010

Madres que trabajan: ¿Se sienten culpables?

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La difícil decisión de dejar a nuestros hijos al cuidado de otros para ir a trabajar puede traernos muchas culpas y autoreproches. Nos puede dar la sensación de nunca estar donde debemos estar.

Ser madre no es todo en la vida de una
mujer. Y eso es lo mejor que le puede
pasar a un hijo. Las mujeres deberían poder tener tiempo para dedicarle al trabajo, a una rutina de ejercicios, a una carrera universitaria, a espacios para meditar, a salidas con amigas o noches románticas. Eso hace muy bien a las madres y a sus hijos.

Claro que nadie puede desembarazarse de un hijo sin sentir un dolorcito o una molestia angustiante. Pero se trata de poner los pies sobre la tierra. En el terreno de la maternidad, no es necesario la omnipresencia más que en los primeros meses de vida del bebé nacido.

De allí que si el dolor se presenta cada vez que los dejamos en manos de otros responsables, debemos ver en nosotras mismas la dificultad en el desapego. Hay madres que no pueden trabajar y deciden dejar sus espacios laborales para dedicarse íntegramente a criar a sus hijos.

Los niños de por sí, tenderán a retenernos cada vez que puedan y usarán para ello los más sofisticados artilugios, o… un llanto insoportable y desgarrador. Sin embargo somos nosotras, las que debemos poder poner un límite a ello, distinguiendo en esos momentos qué de esa angustia de separación es motivada por nuestra propia angustia y miedos a dejarlos sin nuestro cuidado.

El creerse la única capaz de ofrecer lo que el niño necesita, es una posición narcisista y egoísta, que nada tiene de real. Sólo es una común fantasía de madres que han encontrado en la presencia de sus hijos, el conforte de sentirse necesitadas, amadas y valoradas. Y algo de ellas se niega a dejar ir esa sensación.

Es por ello que por lo general la función del padre suele ser la de tender a separar a la mujer de su hijo, permitiéndoles a ambos (hijo y mamá) encontrar otros lugares donde desarrollarse y hallar otras personas de valor.

Si no se cuenta con “un padre” para nuestro hijo, la función puede cumplirla alguna otra cosa de nuestro interés como la profesión, el trabajo, las amistades, o lo que sea que pueda sacarnos un tiempo de la presencia y la necesidad de estar en contacto permanente con nuestros hijos.

Que las madres encuentren su razón de ser por fuera del rol materno, permite al niño una libertad invalorable. Le permite dejar de ser ese “nene de mamá”, para también poder ser ese “amigo”, “nieto”, “sobrino”, “alumno”, “deportista”, etcétera.

Hay madres que atribuyen su dificultad para volver a trabajar o para retomar sus actividades independientes, a sus hijos. Pero en este terreno no es justo asignarles culpas a los pequeños.

Aquí los hijos son perfectos espejos nuestros y si ellos no nos están dejando ir a hacer nuestras obligaciones o a divertirnos; es que somos nosotros los que los tenemos a ellos del mismo modo atados a nosotras y les estamos impidiendo que tengan las mismas experiencias con otros.

Las madres que trabajan hallarán un alivio en saberse liberadas para hacer lo que sientan y crean que es lo mejor para ellas y por lo tanto para sus hijos. Y si deben dejarlos al cuidado de otros, su obligación como madres es encontrar la forma, el modo, o la persona más idónea para ese niño. Dejarlos en buenas manos y no en las más cómodas.

Esto requiere también de un trabajo por parte de madre e hijo en conjunto. Pero es la madre quien debe estar decidida y convencida de que está haciendo lo mejor. Juntos trabajando por encontrar aquello que trasciende el lazo entre ambos y que les permite desarrollarse y cultivarse en ámbitos diferentes y variados.






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