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domingo, 25 enero 2009

Transmitir y comunicar el amor a nuestros hijos.

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Es seguro que la mayoría de los padres aman profundamente a sus hijos, sin embargo a veces, transmitir y comunicar ese amor puede ser un camino lleno de obstáculos.

Alimento vital: sentirse amado.

Más allá del amor que se le tenga a un niño, lo importante radica en que ese niño sienta el amor. La importancia está en que algo de ese sentimiento, llegue a su destinatario.

Como padres, utilizamos un arsenal de modos de comunicarnos y de mensajes diariamente. Desde que el mensaje sale de nosotros y llega a los pequeños, miles de posibilidades existen de que algo de lo que originariamente se quiso trasmitir, quede perdido para siempre en el camino. Además, es el propio niño el encargado de terminar de atribuir a nuestras palabras y actitudes, el sentido que él crea apropiado.

Y es que la comunicación tiene algo de confuso y complicado.
Por eso la transmisión del amor, a veces queda perdida en medio de palabras, actitudes o acciones.

Nuestra parte en todo esto es emitir mensajes capaces de ser felizmente decodificados. Enviarles material claro capaz de ser leído e interpretado como señales evidentes de cariño y amor. Y para ésto, no bastan las palabras.
Muchos padres se jactan de decir muy a menudo a sus hijos “te amo”, y sin embargo, algunos de sus hijos pueden no sentirse lo suficientemente valorados y amados por sus padres. ¿Cuál es la trampa en todo ésto?.

La palabra es algo muy poderoso, pero necesita el respaldo de acciones y actitudes que le hagan juego.

El amor y su posibilidad de transmisión reclaman tiempo; momentos de buena calidad. Momentos que no necesitan ser extensos, pero que requieren de un compromiso de padres hacia hijos. El amor necesita verdaderos encuentros.
La posibilidad de que los niños se sientan queridos y respetados, tiene que ver con el tiempo compartido con ellos. Repetimos: no cantidad, sinó calidad.
Y la calidad del momento tiene que ver con nuestra posibilidad de producir un auténtico compartir. Estar con nuestros hijos no es poner el cuerpo y pensar en las cuentas que debemos pagar o en la cena de esta noche. No es hacer esfuerzos desmedidos por que no les falte nada de nada. No es tampoco sobreprotegerlos. No es hacer las cosas por ellos. No es responder sin haber escuchado.
Estar con nuestros hijos es prestarles algo nuestro. Es darles, por lo que dure el encuentro, toda nuestra atención.

Tarea que puede parecer sencilla, pero que en medio de rutinas atestadas de trabajo y obligaciones, se convierte en un verdadero desafío.

Prestar atención significa estar con todos nuestros sentidos y pensamientos en el momento presente junto al pequeño. Dejar de lado todo lo demás, para ofrecer un espacio a alguien que realmente lo vale. Es que esos momentos trasmiten un mensaje capaz de ser felizmente interpretado. “soy valioso”, “soy respetado”, “se me escucha”, “se me entiende”, “se me acompaña”, “soy querido”.

Propiciemos entonces momentos, que demuestren que nuestros hijos y sus circunstancias, no nos son indiferentes. Señalemos, con nuestra presencia, la importancia que tienen para nosotros nuestros hijos. Hagamos de esos instantes una provisión de riqueza para los niños. Démosle un lugar y un tiempo precioso, que les dé muestras del valor único del que son portadores. No habrá lugar a dudas. Los niños sentirán nuestro amor.






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