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jueves, 12 febrero 2009

¿Cómo hablar con los hijos de la muerte?

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Mamá! El pececito está durmiendo sobre el agua y no se mueve… el niño reclama acongojado. sabe que algo no está bien. Los padres piensan ahorrarle el dolor. ¿Le decimos que se durmió? ¿Compramos otro?

El nacimiento, la muerte y la sexualidad son parte de los grandes temas que a menudo se dificulta hablar. Presentamos algunas ideas para tener en cuenta si se presenta el momento.

Mamá! El pececito está durmiendo sobre el agua y no se mueve… el niño reclama acongojado. Percibe que algo no está bien. Los padres piensan ahorrarle el dolor. ¿Le decimos que se durmió? ¿Compramos otro y lo reemplazamos?


Temas difíciles


Los niños hasta los 10 o 12 años no comprenden la idea de muerte por ser un concepto abstracto. Pueden entender que alguien no está pero difícilmente la profundidad de su ausencia.

Las pérdidas son una parte de la vida y es necesario prepararlos para ellas. Cuanto más se oculta o distorsiona más dudas y temores genera.
Es conveniente desarrollar el tema tranquilamente, de la manera más natural posible. Conviene acordar entre los padres un criterio fundado en los valores que la familia quiere desarrollar (religiosos, afectivos, etc.).

No es sencillo encontrar una teoría que pueda ser comprensible para niños muy pequeñitos pero a veces es posible explicarles que todas las partes del cuerpito del pececito dejaron de funcionar. Esto les permite incluir una idea conocida: es un mecanismo comparable a un auto o juguete que deja de andar.

Es necesario que los niños tengan lugar para expresar todos sus sentimientos, sean de furia, dolor o tristeza para que puedan elaborar la pérdida. Seguramente preguntarán o recordaran cosas. Hay que estar atentos a lo que pidan: ni hacer como si no sucedió nada ni hablar todo el día del tema.

Cuando la pérdida es de un ser querido.

Tarde o temprano todos experimentamos la pérdida de un ser querido. Cuando hay niños en la familia el tema requiere un tratamiento especial. Los sentimientos precisan un tiempo para ser superados y en ese momento puede que el adulto esté experimentando su propia confusión y aturdimiento emocional y el niño pregunta. Lo más conveniente es darle respuestas concisas evitando el engaño o la crudeza. Cuanto menor es el crío mayores serán las preguntas ya que carecen de herramientas simbólicas para desarrollar una idea tan imprecisa, es decir, al preguntar una y otra vez lo que intenta es registrar, ‘anotar’ en su cabecita lo que está sucediendo y cada pregunta es como si guardara información, como un enter en la computadora.

Los padres pueden compartir sus sentimientos con los niños sin abundar detalles dolorosos: Si hijo, yo también estoy muy triste y extrañaré al abuelito…”. Esas conversaciones ayudan a desarrollar en el niño la comprensión y la empatía.
Los padres no deben asustarse por la reacción de los hijos ya que todo es posible. Al enterarse de la noticia pueden tanto seguir jugando como si nada sucediese, llorar y angustiarse o llenarse de ira; y luego de un rato haber cambiado rotundamente la actitud. Es que los niños son muy maleables en sus emociones y manifiestan el duelo de manera diferentes al adulto. Muchas veces procesan el malestar por vía del juego y tienen períodos de tristeza más cortos y volátiles que el adulto aunque no por eso menos intensos y dolorosos.

¿Y el funeral?

Es un tema que depende de algunas variables: la edad del niño, los valores hogareños y la cercanía en la relación con el fallecido. Si bien es conveniente evaluarlo en el seno de cada familia como línea general, cuando la relación es muy íntima (de la familia nuclear) es conveniente que asistan. Los niños que han perdido tempranamente a uno de sus padres, agradecen (aunque en oportunidades no recuerden) haber asistido. Los rituales conforman uno de los modos de procesar un duelo. Fuera de esta situación especial sería deseable que los niños asistan a un funeral después de los 13 años y sólo si lo desean.

La vida está hecha de alegrías y tristezas. Nos gustaría transmitirles a nuestros hijos sólo los aspectos joviales pero también existen los momentos de aflicción. Prepararlos para que puedan sobrellevarlos y acompañarlos en situaciones dolorosas es parte de nuestra labor para esta aventura de crecer.






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