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viernes, 27 marzo 2009

¿Qué podemos hacer con un hijo demasiado perfeccionista?

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A romper rutinas, improvisar, permitir la espontaneidad, desarmar lo esperable, equivocarse y decir algo sin sentido. A hacer eso impensado e inesperable que desarme la posibilidad de lo “perfecto”.

Lo primero que podemos hacer con un hijo
perfeccionista, es reconocerlo como un perfecto
hijo de sus padres. Esto significa, tomar posición en el asunto y asumir que en algo debemos cambiar para ayudarlos a modificar la insistente perfección.

Por un lado la perfección puede entenderse como sinónimo de inseguridad. Y además asociarse con palabras como: rigidez, conservación y control. Y puede rozar también con la obsesividad.

El niño en su intento perfeccionista, se queda cada vez con menos. Intentando controlar los finales, se queda sin empezar
. O por lo menos sin empezar nada nuevo. Este temor a los comienzos y a los finales, va de la mano de una necesidad de control que implica repetir experiencias (las conocidas) logrando así los resultados esperados, los perfectamente esperados.

Nada puede salirse de lo estipulado, y un error puede ser tomado como algo trágico y sumamente angustiante. Fíjense que en un terreno así, las condiciones son demasiado áridas como para sembrar la menor posibilidad de juego. Un niño perfeccionista se queda sin la posibilidad de jugar a las miles de posibilidades que le ofrece la vida.

Siendo así, lo que podemos hacer como padres es comenzar a desarmar lo que se ha armado entre nosotros y ellos.

Introducir cambios bruscos puede provocar mucha angustia en los niños, por lo que debemos tomarnos con calma la tarea y con mucha serenidad. Por eso las modificaciones que podemos intentar son bien pequeñitas y deben dejar de lado el esperar “perfectos” resultados.

Un buen lugar para comenzar es el reconocimiento. Los niños perfeccionistas acostumbran a recibir reconocimiento de los otros sólo cuando hacen algo bien. Pero un padre debe poder reconocer a sus hijos, amándolos independientemente de sus logros. Ello significa, amar por lo que se es y no por lo que se hace.

La primer práctica simple que se puede poner en marcha, es hacer un reconocimiento (con el medio que mejor les quede a ustedes: palabras de amor, un regalo, una caricia) en un momento inesperado para el pequeño perfecto previsor. Sorprenderlo así con una muestra de cariño que trascienda cualquier resultado y que apunte a su persona, por el sólo hecho de ser.

Cuando queremos desarmar lo previsible, debemos usar nuestra imaginación para sorprender con pequeños cambios que alteren resultados esperables. Un ejemplo claro es cambiarle el final a un cuento archiconocido por nuestro hijo. O cambiar algo en medio de la historia, una pequeña modificación a modo de chiste o humor. Que de cuenta, de que a veces las cosas pueden cambiar y nada grave ocurrirá por ello.

Se puede cambiar el camino a la escuela que acostumbramos a hacer. Se pueden hacer variaciones en la merienda que solemos prepararles. Siempre de a poquito, no todo junto y evaluando cómo reacciona el niño a estos cambios. ¿Puede tolerarlos?, ¿se angustia?, ¿pretende que volvamos a lo anterior sin siquiera examinar la nueva propuesta?

También puede ponerlos muy mal nuestras equivocaciones. Así que pongamos atención a cómo reaccionamos cuando somos nosotros los imperfectos, y empecemos a tomar con más calma la posibilidad de errar y reparar. A veces equivocarse puede ser el mejor camino.






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