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jueves, 16 abril 2009

Límites en la adolescencia: Dile basta a tu hijo adolescente.

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La adolescencia es un periodo bastante particular donde los límites se buscan, se confunden, se traspasa, se trasgreden. Imprescindible tener las ideas claras y ponerle límites también al adolescente.

María llega a su casa después de un agotador y
rutinario día de escuela. Está sola y comienza a
merendar como es su costumbre. Sin embargo, esta vez, sentada frente al alimento que suele tomar todas las tardes, se pregunta: “¿Podría yo comer todo lo que realmente quisiera?”. Ahora que su madre no le está mirando y su padre está en la oficina, María piensa por un momento: “¿dónde está mi límite?”

Tomás saca la mejor nota en matemáticas de todo su curso. Se siente único y poderoso, y en la alegría por su propio mérito, alcanza a preguntarse: “y bien… parece que soy el mejor… ¿hasta dónde podría yo llegar?”

Llega hasta la puerta de la escuela y al encontrarse con amigos, Joaquín recibe la invitación de escaparse con ellos en el horario escolar. Lo piensa. No hay nadie allí que pueda decirle que no, y difícilmente sus padres se enteren de su pequeña huída. Y duda: “¿falto a clases para irme con mis amigos?”. Después, entiende que eso mismo podría hacerlo todos los días y se pregunta: “¿dónde está mi límite?”

Podría ser la pregunta de cualquier adolescente.

No se trata solamente de los límites que provienen de sus padres o de la escuela.
La pregunta abarca un universo mucho más amplio.

Cuando los demás no están para opinar, se presenta la inquietud: “¿hasta dónde soy capaz de llegar, y por qué no hacer aquello a lo que me veo tentado?”

Si se fijan bien, es una pregunta por los alcances de uno mismo.

Y así es como los adolescentes necesitan delimitarse para encontrarse.

Así, como topos, van buscando a tientas dónde están las paredes que acompañan el camino. Solo al tocarlas descubren su propio cuerpo, su propia consistencia, y descubren por dónde continuar avanzando.

Están buscando encontrar sus capacidades y ver en hechos hasta dónde son capaces de llegar. Es una búsqueda de su propia identidad la que se desarrolla mientras traspasan, trasgreden y confunden los límites.

La experimentación está a la orden del día y sólo con ella pueden llegar a crecer y conocerse mejor.

Todo esto es esperable que ocurra a cualquier buen hijo adolescente. Pero claro, no es difícil ver que buscar el límite y estar constantemente intentando probarse a sí mismo, puede llevar a cualquier persona a encontrarse con situaciones riesgosas de cualquier tipo.

Como padres no podemos estar ahí las veinticuatro horas del día, para acompañarlos y mostrarles el camino más seguro. Ni tampoco podemos pretender que no atraviesen por este momento vital de investigación.

Pero siempre hay algo que podemos hacer y que sirva de ayuda.

Por lo menos en casa, los límites pueden andar más organizados que fuera de ella, y demostrar el porqué son importantes, al tiempo que enseñen también con cuáles límites se puede jugar y cuáles deben respetarse siempre.

Para ello en el seno familiar, los límites deben ser claros desde el principio.
Es importante que las normas sean firmes, que puedan ser respetadas por todos los integrantes de la familia y que no atenten contra los derechos de ninguno de ellos.

Por eso no es bueno que las reglas familiares recaigan sobre cualquier aspecto de la vida, o exista un exceso de normas por cumplir.

Imaginen que limitamos a nuestros hijos en la forma de vestir, en la música que escuchan, en los amigos que deben elegir, en qué deportes debe practicar…

Ese tipo de límites no tiene un sentido claro para el adolescente (ni para nadie), mas que el de validar nuestras propias elecciones y hacerlas las de todos en la casa. Estaríamos en un terreno autoritario donde los límites los pone quién tiene más poder, y las normas responden a un antojo.

Así, se diluye la verdadera importancia que tiene cualquier límite en la vida.
Importancia que deben poder captar los jóvenes, y que está ligada a limitar las conductas que puedan ser riesgosas para ellos o terceros.

Se trata de vivir y sostener normas sobre aquellos puntos que puedan representar peligros y riesgos. Normas que al tiempo que protejan, sean capaces de demostrar que se los cuida porque se los quiere.

Limites que no recaigan sobre nimiedades, sino sobre cosas importantes. Que marquen hasta dónde se puede experimentar, porque ello no implica riesgo; y dónde comienza el terreno de lo inseguro, para que sepan que no deben acercarse a esto último.

Nuestro buen criterio a la hora de aplicar límites y normas es nuestra forma de ayudarlos, para que a la hora de probarse a sí mismos, sepan que pueden hacerlo… cuidándose igual a como nosotros los cuidamos.






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