Los amigos de mi hijo siempre están en casa
de 12 a 17, Creando hábitos, Psicología, Amistad
Al principio me pareció un cambio positivo porque si bien Mauro seguía sin dedicar mucho tiempo al estudio y a la biblioteca ni se acercaba, al menos estaba en el living de MI casa jugando con sus amigos donde YO pudiera verlo.
Si mi quejas eran antes que no sabía dónde ni con quién andaba, ahora estaba tranquila de que podría verlo casi todo el tiempo y conocer mejor a sus amigos. Podía hacerles de comer y ver que comieran.

El problema comenzó cuando el resto de la familia (yo incluida obviamente) comenzamos a cansarnos. Los chicos estaban a TODA hora en el living y últimamente agradecía que iban a la escuela.
Ver TV en el living era una odisea, casi un milagro. Invitar amigas mía a tomar el te, o incluso invitar amigas de mis otras hijas era muy molesto porque tenían que encerrarse en el cuarto. Ni de las mamás de los amigos de mi hijo podía hacerme amiga porque me recriminaban que su hijo se pasara la semana en casa.
Se escuchaban insultos a la pantalla, risas y gritos a toda hora. Si bien al principio esto animó el ambiente familiar, terminó por abrumarnos. Cada vez eran más los amigos que se quedaban a dormir en el living y dejaban las latitas de coca o los vasos colocados por doquier. Menos mal que todavía no fumaban.
Estaba en un dilema porque por un lado era muy bueno tener a mi hijo en casa, el estaba más cariñoso y atento, y yo estaba tranquila que no estaba en nada raro ni malo. Descubrí que mi hijo es un excelente amigo, siempre los escuchaba y confiaban en él. De vez en cuando convencía a sus amigos de ordenar un poco o de irse más temprano.
Pero por otra parte ser como una sede del club deportivo tampoco era la idea de familia (o de living) que teníamos con mi marido.
Intentamos hablarlo con Mauro, algunas veces yo cansada volví de trabajar y le grité "Que ya se fueran todos y que esto y que aquello". Mauro se avergonzaba y se ponía furioso conmigo.
Una vez mi hija logró arrebatarle un cable y escondérselo por varios días, fomentando la furia de Mauro.
Finalmente creo que tomamos la mejor de las decisiones, dejar los miedos de lado (a que Mauro se aleje, a que nos odie) y nos sentamos a hablar sinceramente con él para llegar a un acuerdo. Cuando hicimos un acuerdo, él mismo se los transmitió a sus amigos.
Acordamos con Mauro que podrían venir a casa dos veces por semana, nunca los viernes, que todos queríamos descansar o prepararnos para salir.
También acordamos que por los menos las otras tres veces por semana Mauro estudiaría o leería o haría deporte. El fin de semana podían ir turnándose de casa.
Aprendimos como familia que hasta las cosas buenas tienen un límite y es importante sincerarse y llegar a un acuerdo entre todos.
Voy a compartir la experiencia de una amiga Marina y su hijo Mauro: Mi hijo y sus amigos se empezaron a juntar en casa cuando su padre les compró una consola de video juegos de última generación.
Al principio me pareció un cambio positivo porque si bien Mauro seguía sin dedicar mucho tiempo al estudio y a la biblioteca ni se acercaba, al menos estaba en el living de MI casa jugando con sus amigos donde YO pudiera verlo.
Si mi quejas eran antes que no sabía dónde ni con quién andaba, ahora estaba tranquila de que podría verlo casi todo el tiempo y conocer mejor a sus amigos. Podía hacerles de comer y ver que comieran.

El problema comenzó cuando el resto de la familia (yo incluida obviamente) comenzamos a cansarnos. Los chicos estaban a TODA hora en el living y últimamente agradecía que iban a la escuela.
Ver TV en el living era una odisea, casi un milagro. Invitar amigas mía a tomar el te, o incluso invitar amigas de mis otras hijas era muy molesto porque tenían que encerrarse en el cuarto. Ni de las mamás de los amigos de mi hijo podía hacerme amiga porque me recriminaban que su hijo se pasara la semana en casa.
Se escuchaban insultos a la pantalla, risas y gritos a toda hora. Si bien al principio esto animó el ambiente familiar, terminó por abrumarnos. Cada vez eran más los amigos que se quedaban a dormir en el living y dejaban las latitas de coca o los vasos colocados por doquier. Menos mal que todavía no fumaban.
Estaba en un dilema porque por un lado era muy bueno tener a mi hijo en casa, el estaba más cariñoso y atento, y yo estaba tranquila que no estaba en nada raro ni malo. Descubrí que mi hijo es un excelente amigo, siempre los escuchaba y confiaban en él. De vez en cuando convencía a sus amigos de ordenar un poco o de irse más temprano.
Pero por otra parte ser como una sede del club deportivo tampoco era la idea de familia (o de living) que teníamos con mi marido.
Intentamos hablarlo con Mauro, algunas veces yo cansada volví de trabajar y le grité "Que ya se fueran todos y que esto y que aquello". Mauro se avergonzaba y se ponía furioso conmigo.
Una vez mi hija logró arrebatarle un cable y escondérselo por varios días, fomentando la furia de Mauro.
Finalmente creo que tomamos la mejor de las decisiones, dejar los miedos de lado (a que Mauro se aleje, a que nos odie) y nos sentamos a hablar sinceramente con él para llegar a un acuerdo. Cuando hicimos un acuerdo, él mismo se los transmitió a sus amigos.
Acordamos con Mauro que podrían venir a casa dos veces por semana, nunca los viernes, que todos queríamos descansar o prepararnos para salir.
También acordamos que por los menos las otras tres veces por semana Mauro estudiaría o leería o haría deporte. El fin de semana podían ir turnándose de casa.
Aprendimos como familia que hasta las cosas buenas tienen un límite y es importante sincerarse y llegar a un acuerdo entre todos.
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