Niños que duermen con sus padres: ¡A la cama grande, no!
de 0 a 5, Creando hábitos, Problemas de sueño, Psicología
En los primeros años de infancia los niños
experimentan cambios, inseguridades y
miedos.
Las figuras de mamá y papá dan confianza y por eso los buscan tanto de día como de noche.
¿Por qué no es conveniente dormir todos juntos?
Hay diversas razones para el no. En primer lugar, la necesidad de un buen descanso para toda la familia. Estar apretados hace que los padres no se relajen por miedo de golpear o sofocar al pequeño, generando contracturas y sueño entrecortado.
Por otro lado, es preciso desarrollar la vivencia de intimidad tempranamente. Cada uno tiene su espacio y la cohabitación no sólo hace perder a la pareja su privacía, sino que le dificulta al niño el aprendizaje de la misma, y poder diferenciar el propio cuerpo y sus espacios del de sus padres.
Si un crío tiene temores y se acepta el traslado se le transmite que el único lugar
seguro es la cama grande.
A los chicos les cuesta aceptar el corte final en sus juegos a la hora de dormir.
Tienen miedo a la oscuridad o a estar solos y la cama grande los tranquiliza pero no es el lugar adecuado y se le pueden ofrecer otras alternativas.
Algunos padres favorecen este ‘aterrizaje’, sin darse cuenta, por experiencias personales de abandono o al transitar etapas difíciles de duelo como un divorcio o perdida de familiares que entrañen sentimientos de soledad. También cuando la pareja experimenta dificultades para su propia intimidad.
¿Cómo resolvemos el avance del pequeñín?
Los niños deben experimentar su dormitorio como un lugar confiable. Para ello, se los puede acompañar un ratito para que concilien el sueño o elegirle un juguete especial como compañero inanimado que será depositario de sus temores y preocupaciones.
La actitud firme de los adultos es fundamental para favorecer la separación nocturna. Aunque sea más incomodo para los papis le da mejor organización a los hijos. Si algunas noches le permitimos ‘pasar’ y otras no, el mensaje es confuso y arbitrario.
Ellos experimentan miedo a la separación y si esa vivencia es forzada genera mayor temor. Es conveniente prepararlos para vivirla de la manera más aliviada posible.
El cotidiano actuar durante el día también favorecerá conductas más o menos autónomas. Las conductas “sobreprotectoras” o los sentimientos de miedo y ansiedad respecto a los chicos generan un efecto de contagio. Si durante el día, el adulto experimentó esas emociones perciben la tensión y la manifiestan de noche cuando están solos.
Si bien es importante preguntarles que les inquieta y ayudarles a buscar una solución no es conveniente insistir en el temor sino colaborar en la superación.
Por último, como una transición al despegue los papás pueden permitir que duerman en la habitación pero advirtiéndoles que los llevarán a su camita… ¡y cumplirlo!
Los hábitos son una trama que se teje todos los días. Laboriosa al principio pero satisfactoria cuando se afianza.
En los primeros años de infancia los niños experimentan cambios, inseguridades y miedos. Las figuras de mamá y papá dan confianza y por eso los buscan tanto del día como de noche.
En los primeros años de infancia los niños
experimentan cambios, inseguridades y
miedos. Las figuras de mamá y papá dan confianza y por eso los buscan tanto de día como de noche.
¿Por qué no es conveniente dormir todos juntos?
Hay diversas razones para el no. En primer lugar, la necesidad de un buen descanso para toda la familia. Estar apretados hace que los padres no se relajen por miedo de golpear o sofocar al pequeño, generando contracturas y sueño entrecortado.
Por otro lado, es preciso desarrollar la vivencia de intimidad tempranamente. Cada uno tiene su espacio y la cohabitación no sólo hace perder a la pareja su privacía, sino que le dificulta al niño el aprendizaje de la misma, y poder diferenciar el propio cuerpo y sus espacios del de sus padres.
Si un crío tiene temores y se acepta el traslado se le transmite que el único lugar
seguro es la cama grande.
A los chicos les cuesta aceptar el corte final en sus juegos a la hora de dormir.
Tienen miedo a la oscuridad o a estar solos y la cama grande los tranquiliza pero no es el lugar adecuado y se le pueden ofrecer otras alternativas.
Algunos padres favorecen este ‘aterrizaje’, sin darse cuenta, por experiencias personales de abandono o al transitar etapas difíciles de duelo como un divorcio o perdida de familiares que entrañen sentimientos de soledad. También cuando la pareja experimenta dificultades para su propia intimidad.
¿Cómo resolvemos el avance del pequeñín?
Los niños deben experimentar su dormitorio como un lugar confiable. Para ello, se los puede acompañar un ratito para que concilien el sueño o elegirle un juguete especial como compañero inanimado que será depositario de sus temores y preocupaciones.
La actitud firme de los adultos es fundamental para favorecer la separación nocturna. Aunque sea más incomodo para los papis le da mejor organización a los hijos. Si algunas noches le permitimos ‘pasar’ y otras no, el mensaje es confuso y arbitrario.
Ellos experimentan miedo a la separación y si esa vivencia es forzada genera mayor temor. Es conveniente prepararlos para vivirla de la manera más aliviada posible.
El cotidiano actuar durante el día también favorecerá conductas más o menos autónomas. Las conductas “sobreprotectoras” o los sentimientos de miedo y ansiedad respecto a los chicos generan un efecto de contagio. Si durante el día, el adulto experimentó esas emociones perciben la tensión y la manifiestan de noche cuando están solos.
Si bien es importante preguntarles que les inquieta y ayudarles a buscar una solución no es conveniente insistir en el temor sino colaborar en la superación.
Por último, como una transición al despegue los papás pueden permitir que duerman en la habitación pero advirtiéndoles que los llevarán a su camita… ¡y cumplirlo!
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