La inseguridad de ser padre
Psicología, Para papás y mamás, Todas las edades
Muchas veces nuestros hijos son nuestros maestros. Vienen al mundo con sus cositas de niños y logran poner todo nuestro valioso orden y nuestra estricta organización de cabeza. Le dan la vuelta al mundo en ochenta días y pueden hacer entrar a un genio dentro de una lámpara maravillosa. Y entonces desarman lo establecido y todo aquello de lo que estábamos tan seguros se vuelve impredecible e imperfecto. Y eso los hace geniales.
Si nos dejamos envolver por esa presencia rompe-estructuras que logra desarticular nuestros paradigmas más rígidos, estaremos en posición de encontrar más de una ganancia.
Si por el contrario, nos aferramos al control y a querer sujetar por los pantalones a seres que viene a irrumpir con la fuerza de un huracán todo lo conocido, tal vez nos quedemos mirando el camino sin entender nada, y llenos de temores, dudas, culpas, exageraciones y contradicciones. Necesitando saber de todo y conocer todo lo que puede pasar en materia de crianza., lo cual nos acercará cada vez a reconocernos como completos ignorantes.
Sentirse inseguros como padres es absolutamente normal y esperable. No se puede menos que eso ante seres de ésta índole. Es un rol para el que nadie fue preparado y ante el cuál, a diferencia de los animales, no tenemos instinto al cuál recurrir en búsqueda de respuestas. De allí su dificultad inherente.
Podríamos decir que hay un margen de inseguridad tolerable que tiene que ver con la función en sí misma y el estar frente a frente con un niño. Por otro lado, hay otra inseguridad que puede provenir de otras fuentes. El asunto es no quedarnos paralizados.
Cuando la inseguridad trasciende a lo esperable, ahí es momento de poner un coto a lo que se nos va de las manos. En este punto es que nuestros hijos son como espejos que viene a mostrarnos aquello que de nosotros mismos no hemos trabajado en todos los años de nuestra vida. Vienen a mostrarnos algo que quedó pendiente y sin resolver, y que tiene que ver con nosotros y nuestros temores; y no con la función de padres en sí misma.
Si somos padres extremadamente inseguros, nuestro problema manifiesto del ahora tiene seguramente una historia que lo precede. Nuestra inseguridad no será un asunto nuevo. Hemos sido inseguros, venimos cargando inseguridades desde hace tiempo, solo que nuestros hijos nos lo muestran con total impunidad.
Muchas veces el querer tapar o desarraigar la inseguridad se demuestra en rigidez y dureza, para no permitir que nada se salga de lo esperable. Esto dificulta a un niño hallarse contenido y cuidado, ya que no se le dá un lugar para SER.
Por otra parte, la inseguridad puede traducirse también en constantes ordenes e indicaciones que sean francamente contradictorias y que pueden poner al niño en un atolladero. En el cuál no sabe cómo manejarse y cómo se espera que responda, sumiéndolo a su vez en una inseguridad que provendrá de este entorno que no pude mantener una coherencia y una lógica que guíe las indicaciones.
En todos los casos la inseguridad como problema real, y no en su vertiente esperable, tiene un trasfondo vinculado a la autoestima de los padres. Y esto es anterior al nacimiento del hijo, y por lo tanto incluye y afecta también otras esferas en la vida de la persona.
Si podemos reconocernos en ésta segunda vertiente más comprometida y mas riesgosa, es aconsejable que busquemos ayuda profesional para no permitir que esta inseguridad siga afectando a todo aquello con lo que nos relacionamos en el día a día. Es un trabajo que vale la pena y que despejará miedos, angustias y cambiara nuestro modo de vernos y de posicionarnos ante el mundo. Y esto repercutirá también en nuestra forma de ser padres.
Un rol de tanta responsabilidad puede albergar más de una duda para los dispuestos a dar lo mejor de sí en la función de padres. Ningún niño nace con un manual de instrucciones bajo el brazo.
Muchas veces nuestros hijos son nuestros maestros. Vienen al mundo con sus cositas de niños y logran poner todo nuestro valioso orden y nuestra estricta organización de cabeza. Le dan la vuelta al mundo en ochenta días y pueden hacer entrar a un genio dentro de una lámpara maravillosa. Y entonces desarman lo establecido y todo aquello de lo que estábamos tan seguros se vuelve impredecible e imperfecto. Y eso los hace geniales.

Si por el contrario, nos aferramos al control y a querer sujetar por los pantalones a seres que viene a irrumpir con la fuerza de un huracán todo lo conocido, tal vez nos quedemos mirando el camino sin entender nada, y llenos de temores, dudas, culpas, exageraciones y contradicciones. Necesitando saber de todo y conocer todo lo que puede pasar en materia de crianza., lo cual nos acercará cada vez a reconocernos como completos ignorantes.
Sentirse inseguros como padres es absolutamente normal y esperable. No se puede menos que eso ante seres de ésta índole. Es un rol para el que nadie fue preparado y ante el cuál, a diferencia de los animales, no tenemos instinto al cuál recurrir en búsqueda de respuestas. De allí su dificultad inherente.
Podríamos decir que hay un margen de inseguridad tolerable que tiene que ver con la función en sí misma y el estar frente a frente con un niño. Por otro lado, hay otra inseguridad que puede provenir de otras fuentes. El asunto es no quedarnos paralizados.
Cuando la inseguridad trasciende a lo esperable, ahí es momento de poner un coto a lo que se nos va de las manos. En este punto es que nuestros hijos son como espejos que viene a mostrarnos aquello que de nosotros mismos no hemos trabajado en todos los años de nuestra vida. Vienen a mostrarnos algo que quedó pendiente y sin resolver, y que tiene que ver con nosotros y nuestros temores; y no con la función de padres en sí misma.
Si somos padres extremadamente inseguros, nuestro problema manifiesto del ahora tiene seguramente una historia que lo precede. Nuestra inseguridad no será un asunto nuevo. Hemos sido inseguros, venimos cargando inseguridades desde hace tiempo, solo que nuestros hijos nos lo muestran con total impunidad.
Muchas veces el querer tapar o desarraigar la inseguridad se demuestra en rigidez y dureza, para no permitir que nada se salga de lo esperable. Esto dificulta a un niño hallarse contenido y cuidado, ya que no se le dá un lugar para SER.
Por otra parte, la inseguridad puede traducirse también en constantes ordenes e indicaciones que sean francamente contradictorias y que pueden poner al niño en un atolladero. En el cuál no sabe cómo manejarse y cómo se espera que responda, sumiéndolo a su vez en una inseguridad que provendrá de este entorno que no pude mantener una coherencia y una lógica que guíe las indicaciones.
En todos los casos la inseguridad como problema real, y no en su vertiente esperable, tiene un trasfondo vinculado a la autoestima de los padres. Y esto es anterior al nacimiento del hijo, y por lo tanto incluye y afecta también otras esferas en la vida de la persona.
Si podemos reconocernos en ésta segunda vertiente más comprometida y mas riesgosa, es aconsejable que busquemos ayuda profesional para no permitir que esta inseguridad siga afectando a todo aquello con lo que nos relacionamos en el día a día. Es un trabajo que vale la pena y que despejará miedos, angustias y cambiara nuestro modo de vernos y de posicionarnos ante el mundo. Y esto repercutirá también en nuestra forma de ser padres.
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