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viernes, 19 febrero 2010

Límites a los hijos: algunas conclusiones finales

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"Quien no sabe decir no, enfermará. Quien siempre quiera responer a todas las expectativas, pronto notará con dolor sus límites..." ("Límites sanadores", Anselm Grün y María Robben)

Los límites a los cuales hemos estado refiriéndonos
en los artículos previos son aquellos límites
establecidos con prudencia, coherencia y mesura.

Para lograr nuestro objetivo, es fundamental ser pacientes y constantes con el aprendizaje y reconocer el esfuerzo de nuestros hijos.
Lo ideal sería que, tras colocar un límite, no fuera necesario volver a repetirlo y que el niño solo pudiera asociar todas aquellas situaciones similares que requieran de la misma resolución.

Sin embargo, la realidad suele ser diferente. Y, si bien la intención del niño puede ser la mejor, tal vez haya otra situación, parecida más no igual, donde su conducta no resulte la esperable.

Estos son los casos donde debemos flexibilizarnos y considerar varias cosas. Indagar qué sucedió, qué pensó el niño, porqué actuó como actuó, cuál fue su enseñanza y efecto, etc. Si el niño tenía muy en claro lo que debía hacer y optó por lo contrario a propósito, es un tema. Si intentó hacer lo correcto, si dudó, si se equivocó y reconoce su error, es completamente distinto.
El esfuerzo, la reflexión y la enmienda de errores deben reconocerse como algo muy valioso.

¿Qué es lo que nos dice cuándo y cómo poner un límite?
Lo cierto es que no existe una receta única y eficaz. Solo podemos confiar en nuestro sentido común y en lo que la experiencia nos ha enseñado. Tampoco podemos decir qué límites poner y cuáles no, ya que cada persona es distinta, cada familia es distinta, cada entorno es distinto y cada niño también. Los límites surgirán de los principios y las convicciones familiares, así como de las situaciones particulares.

Volviendo a la idea principal: los límites, o “cuidados”, como a mí me gusta llamarlos, son una forma de educar. Y, por lo tanto, ayudan al crecimiento personal, a la autoprotección, a la reafirmación y seguridad personales y a relacionarse de una forma saludable. La idea de el límite bien colocado en la infancia es que el niño lo adquiera como propio para, en un futuro, poder reconocer la diferencia entre sí mismo y el entorno, entre lo bueno y lo perjudicial y entre lo sano y lo no sano. Y para que aprenda a decir sí y a decir no cuando sea necesario.






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